El encierro del tecleador

Un mes más y va a cumplirse un año del inicio del primer confinamiento en el Perú. Entonces se sabían los nombres y apellidos de los contagiados de covid. Al final de ese primer confinamiento, el 30 de junio del 2020, ya no había nombres ni apellidos, sino números: más de 250.000 contagiados y más de 9000 muertos. Y los números siguieron creciendo: cuando el 31 de enero de este año empezamos este segundo confinamiento en el que nos encontramos, el total acumulado de contagios era de más de un millón de casos, y los muertos, más de 40.000 en total.

¿Por qué hemos llegado a esto?, te preguntas. No lo entiendes, pues tú sí obedeciste la cuarentena y no engrosaste las filas de los irresponsables que salieron a acaparar papel higiénico en los supermercados o de viaje a Máncora o a las discotecas del sur chico para celebrar el Año Nuevo (como si hubiera algo que celebrar para empezar). Aunque quizá sí saliste un poquito, por ejemplo, a cenar a la casa de tus padres por Navidad, o a la boda de un amigo en un restaurante. Es su boda, no puedo faltar, te dijiste. Voy y vengo, decidiste, pero olvidaste que el flujo de cerveza mantiene a la gente unida largo rato, más aún cuando hay muchos en la mesa con quienes conversar, porque, sorprendentemente, la mesa está llena. Tú creíste que el restaurante pondría gente en una silla sí y en la otra no, pero en verdad encuentras interlocutores al frente, en las diagonales, a la derecha y a la izquierda. Menos mal todo fue afuera, en la terraza, te consuelas. Luego, ya en el taxi de regreso, todo es muy formal: tú, con tu mascarilla, y el chofer de app, con la suya y con una lámina transparente entre los asientos delanteros que lo separa de ti, como debe ser. Distancia social, que le dicen.

En fin, que tú sí que obedeciste la cuarentena, el confinamiento, o como se le quiera llamar. «Vacaciones», ¿recuerdas? Así la llamaste en los primeros días. Es que en verdad no había mucho que hacer a mediados de marzo hace un año: los habían mandado a todos a casa y muchas actividades o fueron canceladas o reprogramadas «para después». Tu jefe te consultaba algo por WhatsApp o te encomendaba una pequeña tarea, y entonces interrumpías tu serie de Netflix un momento, pero luego continuabas.

Tenías que satisfacer las exigencias de tus jefes en un contexto en el que muchos trabajadores o perdían sus trabajos o los mantenían pero sin ganar un centavo

Estas aparentes vacaciones desaparecieron muy pronto. Apagabas el despertador del celular, quitabas el modo «No molestar» y te encontrabas con una docena de mensajes de WhatsApp con indicaciones. Lo haré después del desayuno, pensabas, y tras salir de la ducha te encontrabas con cuatro o seis llamadas perdidas de tu jefe. Esos días podían ser complicados. Y continuaron, ¿recuerdas? En algunas noches, y algunas madrugadas, y fines de semana, y en la mañana de Jueves Santo, y en la de Viernes Santo, y en la de Sábado Santo. La inmediatez de la tecnología favorecía estos contactos laborales no deseados. Pero no podías negarte: tenías que satisfacer las exigencias de tus jefes en un contexto en el que muchos trabajadores o perdían sus trabajos o los mantenían pero sin ganar un centavo, gracias a la «suspensión perfecta de labores».

Felizmente la cosa se normalizó después: recibiste un correo de Recursos Humanos donde te comunicaban que en adelante habría un horario de trabajo similar el de la era prepandémica, con la hora de almuerzo incluida. Las cosas volvían a algo similar a la normalidad. (Un momento, te dices entre paréntesis, ya antes de la pandemia también se trabajaba mucho, ¿no?)

Llegó también en tu ayuda el «derecho a la desconexión digital», ese derecho a no responder ni ejecutar solicitudes del trabajo fuera del horario laboral establecido, ni en fines de semana ni en feriados. En algunos países incluso ese derecho indicaba que correspondía a los empleadores correr con los gastos de electricidad e internet, junto con computadoras y sillas ergonómicas. Sonríes mientras recuerdas cuánto te costó comprarte la nueva computadora y la nueva silla, o tramitar una mejora en tu plan de internet.

Ahora te toca a ti, teletrabajador del siglo XXI, contribuir a la historia del capitalismo con la generación de un sobretrabajo acorde con las nuevas tecnologías

Pero este derecho a la desconexión… ¿funciona? La ley nada dice sobre si el empleador puede o no escribirte fuera del horario laboral. De hecho eso ocurre, y en la mañana encuentras pedidos hechos bien entrada la noche anterior o durante el fin de semana, de modo que para cuando empiezas a ver los correos del día ya va a ser mediodía, y tras el almuerzo mejor ya no cuentas los mensajes sin leer. Y no todos esos mensajes son de tu jefe; de hecho, la mayoría son de los colegas que forman parte de tu cadena de trabajo. Entonces caes en la cuenta de que no es necesario que el empleador los amenace o presione: hay tanto que hacer que tú y tus telecompañeros, por iniciativa propia, «aprovechan» el fin de semana, o el horario de verano, o la tranquilidad de las noches para «avanzar» con calma el trabajo. ¿No sería mejor simplemente trabajar en el horario estipulado?, piensas mientras te pierdes esa conferencia o ese entrenamiento en línea en el que querías participar a las ocho de la noche, y recuerdas que eso de la desconexión digital se llama derecho, no deber. En fin, todo sea para mostrarte como trabajador necesario, aunque el gobierno te llame «no esencial» y aunque algunos días amanezcas con desgano y cansancio, sin saber por qué.

Ya estuvo bueno de lloriqueos, piensas, mientras recuerdas que, al fin y al cabo, el sufrido trabajador de hace doscientos años generaba un sobrevalor que los dueños de las fábricas se embolsaban. Ahora te toca a ti, teletrabajador del siglo XXI, contribuir a la historia del capitalismo con la generación de un sobretrabajo acorde con las tecnologías de esta normalidad nueva que, claramente, ha venido para quedarse.

De acuerdo, así serán las cosas en adelante, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Por qué trabajas tanto? ¿Qué es lo que buscas? ¿Hay algo más al final del día, de la semana, del mes? Cuando mueras, ¿alguien sabrá cómo te despojaste de las horas de tu vida para dárselas al trabajo? Despojarse, dejarse pedacitos de uno mismo en otras partes. Te sientes un poco menos.

Mientras en la Unión Europea trabajaban 36,2 horas semanales en promedio en el 2019, en América Latina trabajamos más de 40 horas por semana

¿Es posible trabajar menos? ¿Mejor? No es que seas flojo; sabes que no lo eres, pero piensas que las cosas podrían ser mejor tanto para empleadores como para trabajadores. No te agrada ver cómo mientras en la Unión Europea trabajaban 36,2 horas semanales en promedio en el 2019, en América Latina, en cambio, trabajamos más de 40 horas por semana: en Chile tienen un máximo legal de 45 horas por semana (y en el 2019 discutían rebajarlo a 40), mientras que en Colombia y Perú son 48 horas semanales. Automáticamente te imaginas a nuestros burócratas y economistas diciendo que no podemos trabajar menos porque vivimos en un país pobre e informal, con una mano de obra no calificada y de baja productividad, de modo que necesitamos trabajar mucho para subir el PBI, crear riqueza y luego, en un futuro cada vez más lejano, poder repartirla.

Duele decirlo, pero es cierto. En el Perú más del setenta por ciento de los trabajadores son informales. Ello nos vuelve muy frágiles como sociedad, pues la mayoría de nuestros trabajadores, al no ser calificada, produce poco y gana poco, y por eso debe trabajar mucho. Además, los informales no reciben beneficios sociales adecuados, no pueden ahorrar, y en esta pandemia, al tener que salir diariamente a buscar sus ingresos, se exponen mucho al contagio. Por eso nuestros confinamientos no han sido eficientes, y en el 2020 América Latina ha concentrado el treinta por ciento de contagios y muertes por covid pese a tener solo el ocho por ciento de la población mundial.

Sí, sí, lo entiendes. Debes sacrificarte quién sabe cuántos años más en el altar del dios del PBI para que tengamos todos un futuro próspero. Pero no estás satisfecho. Algo no está bien, y piensas que las cosas podrían ser de otro modo. Trabajar menos y mejor no tiene que ser una utopía, de hecho suena razonable: podrías trabajar ocho horas al día y no más de nueve como siempre haces, o cuatro días a la semana en vez de cinco, y dedicar el tiempo que ganas («el tiempo que ganas», te dices, y al escucharte sonríes) a vivir. A hacer deporte. A pintar tus acuarelas. A escribir en tu diario, o en tu blog. A aprender a hacer pan. A jugar más con tu hijo. A hacer más de esas cosas que has descubierto los domingos en esta pandemia y que sientes que te llenan y te hacen sentir mejor. ¿No sería fantástico quedarse con esa sensación más tiempo en la semana? Podrías sentarte en esa silla ergonómica nueva también con renovadas energías y con la motivación de hacer el trabajo con precisión y a la brevedad, a fin de volver a tu familia y a tus aficiones. Quién sabe, quizá la solución tampoco esté en que tú sacrifiques horas y horas de tu vida, sino en que el gobierno, en vez de explotar a los sufridos y escasos trabajadores formales, tenga un plan concreto para que, en el mediano plazo, el setenta por ciento de tus compatriotas también ingrese a la formalidad, de modo que todos podamos contribuir y exigir servicios de calidad por parte del estado. Ello ciertamente implicaría comprensibles sacrificios por parte de todos: si, por ejemplo, hubiera que renunciar a uno de los aguinaldos (o a los dos) a cambio de tener un fin de semana de tres días, ¿aceptarías? ¿Entonces debo sacrificar cosas por los demás?, te dices, y lo piensas de nuevo. Y te das cuenta de que, para que una república funcione en el largo plazo, de nada sirve estar pendiente al grito de sálvese quien pueda para atrapar un beneficio personal a costa del duradero bien común.

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