Autorretrato de vacunante en cola

Al heroico personal de salud del Perú

No es fácil para el teletrabajador encontrarse con el ocio. Pero lo logré, y pude reconstruir mi experiencia de la vacunación contra el covid, siquiera para subsanar de esta manera mi falta de selfie durante el pinchazo.

Lima, sábado 24 de julio del 2021

Los muertos han vuelto a tener nombres. Al principio de la pandemia, leíamos y escuchábamos en los medios con seriedad las noticias de los primeros fallecidos por el covid. Nos decían sus nombres, o al menos el nombre de pila, edad, condición física, dónde vivían, a qué hora murieron… Entonces los contagiados en el Perú eran apenas algo más de doscientos, pero ya sabíamos que era posible enfermarse y morir solo por preguntarle la hora a alguien en la calle. La carrera por no incorporarse a las estadísticas hizo que poco a poco los muertos se volvieran números, parámetros para tener en cuenta a diario qué tan mal iba la cosa. E iba muy mal, pues el Perú ha acabado por convertirse en el país con más muertos por cada 100.000 habitantes en el mundo. Y es entonces que los muertos recuperan sus nombres, porque ya no son solo las cifras de la Sala Situacional del Minsa, son también la abuela de una de tus amigas, el padre de uno de tus amigos más queridos del colegio, o incluso uno de tus antiguos compañeros de salón de la primaria. No es fácil saberse un sobreviviente cuando tu país no está listo para cuidarte, mientras que el enemigo es invisible y omnipresente, como Dios. ¿Cuánto tiempo se puede sobrevivir?

Mejor es no averiguarlo y asegurarse poniéndose la primera dosis de la vacuna apenas esté disponible para el rango de edad de uno. Creo que esto me convenció de sobreponerme al cansancio de dos horas de práctica de karate en un parque de San Borja y subirme a un taxi rumbo al vacunatorio de la Videna en esta tercera vacunatón, la última del gobierno de Sagasti. Porque luego viene Castillo, y vaya uno a saber quién será el ministro de Salud, qué ideas tendrán sobre las vacunas, qué negocios habría de por medio y cuánto tiempo demoran en estar disponibles de nuevo las vacunas. Mejor me aseguro mi pinchazo ahora y así obligo al próximo gobierno a ponerme mi segunda dosis a tiempo, pues de no hacerlo, esta primera dosis sería dinero de los contribuyentes echado a la basura, le digo a mi taxista de Uber. «¿Tiene 40-44 años?», me pregunta. «Sí, es mi rango», confirmo, mientras recuerdo la época en que me pedían identificación para comprobar mi edad antes de entrar a alguna discoteca. Discotecas. Ese es un nombre que no había escuchado en mucho, mucho tiempo. Alguna vez hice cola en una de ellas a las 2.30 de la mañana. Hoy, hago cola a las 2.30 de la tarde, pero en la Avenida del Aire, a varios metros de la esquina con San Luis, rumbo a no sé qué puerta de la Videna. Inmediatamente después de mí, se ubica una pareja, y la gente sigue llegando. ¿Habrán escuchado telepáticamente lo que le dije al taxista?

Tras avanzar unos pocos pasos, se me prende el foco y activo el cronómetro de mi celular, para saber cuánto tiempo demorará todo. Se me antoja que es una buena idea. Quedaría como un dato objetivo, serio, en un improbable artículo mío sobre cómo ha sido vacunarse en esta pandemia en el Perú. Alguien me saca entonces de mis pensamientos: me ofrece alquilar un banco de plástico por un sol («la cola es larga», me explica), pero declino desde atrás de mis dos mascarillas (KN95 y quirúrgica, por si acaso). Sin embargo, el comercio prosigue: nos venden lapiceros, guardacarnés de vacunación, mascarillas, protectores faciales… pero no me doy cuenta de todas las mercaderías que van y vienen: estoy distraído entre el ajedrez de mi teléfono, los sonidos de los autos, el sol que lentamente se afianza, las conversaciones circundantes, las palabras que alcanzo a oír (quien bloqueó al chico detrás de mí ¿fue el ex de la amiga que le muestra el celular u otra persona?)… y una huaca que se distingue al interior de la Videna: «Sitio Arqueológico Túpac Amaru A», leo en un cartel oxidado del antiguo Instituto Peruano de Cultura (IPC), hoy Ministerio de Cultura. No parece muy grande, se compone solo de un par de plataformas superpuestas. Vuelvo la mirada a la calle, donde hay más carteles antiguos: placas de los Juegos Panamericanos Lima 2019, el año en que vivimos sin pandemia.

Somos mucha gente, pero avanzamos bastante rápido por tramos. De pronto, alguien me pregunta qué dosis busco y de qué distrito vengo. Anota mi respuesta y me anima a continuar. Entonces, por entre las barras de concreto del muro, veo gente ordenada en colas que avanza rápidamente por unas rampas del interior. Me siento más cerca de la puerta de ingreso, y mis sentimientos no me traicionan (no estos, al menos): he llegado a la puerta. Me piden el DNI para verificar que estoy en el rango de los mayores de 40 años, y me dejan pasar. Mis canas están rindiendo frutos.

Caminamos rápido, como quien entra al estadio para un concierto y no quiere quedar lejos del escenario. Hasta que llegamos a una explanada donde nos detenemos. Estamos en uno de los escenarios de Lima 2019: a la izquierda, abajo, una pista atlética rodea una cancha de fútbol y otros ambientes deportivos. A la derecha, baños. Nos ordenan en dos filas: dosis primera y segunda. Al fondo, una chica con megáfono dice cosas que no alcanzo a comprender, y no por mi escasa sesera. Felizmente, otra chica con mascarillas y protector se acerca y nos reparte el documento de consentimiento informado. Debí descargarlo por la web y traerlo firmado. Hay mesas para llenarlo, pero lo hago de pie para no perder mi sitio en la cola. ¿Por qué desconfío? Podría pedirles al chico que está delante de mí observando a la chica rubia de más adelante o a la pareja de amigos a mi espalda que no dejan de reírse observando fotos en el celular que me cuiden mi sitio mientras voy a la mesa a llenar cómodamente mi formulario. Pero no lo hago. Saco mi cuaderno de notas y lo coloco sobre mi pecho y hago acrobacias hasta que finalmente lleno todo el formulario y quedo listo para entregarlo. Y no soy el único que prefiere no ir a la mesa. ¿Por qué desconfiamos? No tengo respuesta. Me distrae la vista de un quiosco con promociones de triple y café a cinco soles. Y se ven buenos los triples. Tengo hambre, sobre todo luego de dos horas de karate. Quiero comer, pero quizá no sea buena idea retirarme las mascarillas. Además, ¿y si avanzamos? Me aguanto el hambre. Empieza a hacer frío un poco más fuerte; mi polera de algodón es insuficiente y lo único que tengo para abrigarme es mi corazón.

Nos indican que avancemos. Vamos a paso firme, ni lento ni rápido, como para no perder el sitio ni la dignidad. Recorremos pasillos, pasamos por otros ambientes deportivos, pasamos unas amplias puertas de vidrio abiertas. Hace calor adentro, pero el ambiente es más bien frío, blanco, azul, metálico. Es un espacio amplísimo, de suelo de concreto bajo un alto techo sostenido por columnas metálicas blancas, de las que penden algunos carteles y estructuras electrónicas y que arrojan luz artificial sobre nosotros. Un olor a cloro llena el aire. Estamos en el Centro Acuático, justo sobre la piscina de Lima 2019, que vemos desde una baranda de vidrio. Una señorita nos hace pasar a un área de vacunación, la número once, y nos sienta en sillas plásticas blancas dispuestas en dos columnas. Ha llegado la hora de la vacuna.

Una enfermera, totalmente oculta bajo un traje celeste oscuro, guantes, doble mascarilla y protector facial, pasa por nuestros sitios recogiendo nuestro consentimiento informado y DNI. Luego los reúnen en un escritorio frente a nosotros, al final de las dos columnas (o al inicio, si lo imaginamos como un salón de clases), donde otra enfermera toma los documentos y va registrando su información en lo que parece ser una lista. A mano. Entonces alguien me tapa a esta paciente enfermera. Es una señora de pie, de cabello castaño lacio, no muy largo, anteojos de medida, una chompa color tierra, doble mascarilla por supuesto, y quizá unos sesenta y varios años, que está conversando con quien se me antoja que es su hija —si no por qué estaría ahí discutiendo con ella—, una chica también de lentes, rubia, de pelo muy encrespado y recogido en cola —es un decir, como si se pudiera recoger un pelo muy encrespado—, de dedos muy finos encerrados en bordes rosados, y encerrada toda ella tras de su doble mascarilla, protector facial y una suerte de buzo plástico, también rosado, que vuelve aún más llamativa la amplitud de su cadera. Y no soy el único que lo ha notado: el chico que ha estado delante de mí desde la Avenida del Aire también luce distraído.

Entonces, como una maestra de primaria, una enfermera llama nuestra atención. Tiene frente a sí un carrito metálico con varias cajas y objetos encima y en lo que parece ser un estante inferior, y tiene una bolsa plástica roja que cuelga del costado izquierdo, con un símbolo que me sugiere peligro. Nos saluda, se presenta y nos anuncia que nos aplicará 0,3 mililitros de la vacuna Pfizer a cada uno, y que nos mostrará la dosis antes de aplicárnosla. Nos advirtió también que la vacuna podría producirnos dolor en el brazo, fiebre, dolor de cabeza, malestar general y otras cosas, más temprano o más tarde, o quizá no, y que todo esto es normal y no debe preocuparnos, pero que por si acaso nos quedemos sentados un rato luego de la aplicación para verificar que todo esté bien.

Entonces comienza. La enfermera avanza en zigzag entre las dos columnas de sillas blancas, moviendo su carrito. Toma el frasco, lo muestra, introduce la jeringa, muestra cómo han ingresado a ella los 0,3 mililitros, los aplica, avanza. Algunos, como la rubia de buzo rosado, parecen escépticos, y se ponen de pie y observan cómo la enfermera toma el frasco y buscan que diga Pfizer. Luego aprueban con la cabeza y vuelven a sentarse, convencidos. Es comprensible, luego de que, semanas atrás, viéramos en las noticias que algunos enfermeros aplicaron o pretendieron aplicar jeringas vacías a quienes fueron a vacunarse. Quizá sobre este asunto sea de lo que están conversando ahora mismo la chica rosada y el chico del frente, una vez que la madre le hubo tomado a su hija la histórica foto con su celular. Sí, debe de ser sobre eso.

Pero no todos estos cuarentones y rezagados que me acompañan han traído a sus madres para que los inmortalicen en este momento histórico, así que la mayoría debe pedir ayuda al vecino, o estirar el brazo que no es pinchado, o esperar a que la enfermera se vaya y tomarse un selfie por encima de la cabeza, para que aparezcamos todos los pacientes como prueba de lo que está sucediendo. Lo que está sucediendo. Muchas cosas están sucediendo. Están muriendo diariamente cientos de personas en las camas de cuidados intensivos, en las camas normales de los hospitales, en los pasillos de los hospitales, en las camas de sus casas, y en las calles. Están saliéndose de sus casillas quienes están encasillados en sus casas, angustiados porque han perdido el trabajo, o porque lo conservan pero sin sueldo, o con sueldo pero reducido y no les alcanza para los gastos, o con sueldo completo pero con incompleto tiempo para dormir o para vivir, mientras los hijos son incapaces de retener su energía y rebotan por toda la casa, o colapsan en silencio, derrotados, mientras sus profesores fracasan en llamar su atención al otro lado de la computadora. Y están gestándose niños nuevos en departamentos minúsculos en los que la piel de la pareja es lo más hermoso jamás visto entre tan pocas paredes. Están, por otro lado, separándose parejas encerradas en sus casas, hartas de verse diariamente conviviendo con quien ha devenido un extraño, y a veces un extraño muy violento que pone en peligro la vida. Están separándose otras parejas separadas por sus casas, incapaces de decirse por WhatsApp algo distinto de las fórmulas que vienen repitiéndose los lunes en la mañana, cada vez menos, cada vez menos, hasta que los mensajes cesan. Están destruyéndose relaciones que nunca se pudieron formar, que progresaron por redes sociales, por Zoom, por salidas al parque con doble mascarilla, por besos que burlaron el miedo al contagio, pero que se acabaron por la distancia, la incomunicación, los mensajes mal escritos, los sentimientos no comunicados oportunamente, el hastío y el abatimiento que nos deja a todos como mudos, como confusos testigos de nosotros mismos, los convocados por el silencio de los muertos para no unirnos a ellos, no todavía, en esta fría estructura de concreto y acero y olor a cloro y luz artificial donde la esperanza de vivir no se apaga, no se sabe por qué.

—Joven, ¿qué brazo usa menos? —me pregunta la enfermera, disipando mis confusiones.
—Sí… el izquierdo, por favor.
—Le estoy limpiando la zona de aplicación con alcohol… y ahora le voy a aplicar 0,3 mililitros de Pfizer. Quiero que mire, por favor. ¿Ve?

La jeringa es muy clara: 0,3 mililitros.

—Lo veo, señorita.
—Va a sentir un ligero dolor en el hombro. Esté tranquilo, no se preocupe… Y… ya está. Ay, joven, quería que observara cómo retiré la jeringa —yo miraba al otro lado, como siempre que me acercan una jeringa al brazo—. Ahora sujete esto un momento y descanse —me dice mientras me indica que ponga el dedo sobre el punto de aplicación de la vacuna, que ha cubierto con una bolita de algodón sin curita.

Obedezco, mientras la enfermera sigue su camino en zigzag entre quienes aún esperan su dosis, al tiempo que quienes ya sujetaron sus bolitas de algodón siguen tomándose fotos. ¿Me les uno? Podría sacar mi celular y tomarme el selfie, o decirle al chico del frente que deje en paz a la rubia y me tome la foto, pero no lo hago. ¿Por qué?

Entonces llega otra enfermera —o la misma, no lo sé, todas están ocultas tras sus uniformes— y nos dice que debemos volver por nuestra segunda dosis dentro de tres semanas o veintiún días, y que debemos evitar en dicho tiempo comer mariscos o cualquier producto que nos produzca alergia, y que no debemos tomar alcohol, también por tres semanas.

—¡Tres semanas! —exclama a mi izquierda el amigo de la chica que estaba a mi espalda, la dupla de los chistes y los comentarios sobre las redes sociales, mientras su boca se queda abierta.
—No se preocupe, señorita, borracho es —explica a la enfermera la amiga del chico, mientras las risas se esparcen entre las sillas blancas.
—Señorita —interrumpo—, y si por A o B no logramos acudir a la segunda dosis a las tres semanas, ¿qué debemos hacer?
—A ver con todos: si no pudieran tomar la segunda dosis exactamente a las tres semanas, pueden venir a la cuarta semana, no hay problema. Si no, a la quinta semana también pueden venir.

Mientras esto sucede, nos devuelven los DNI como exámenes en el colegio, con la diferencia de que no nos dejan ir por ellos: una vez que hemos escuchado nuestro apellido y levantamos la mano, la enfermera se aproxima y nos da el DNI. Este viene acompañado del carné de vacunación: un cartoncito cuadrangular blanco, pequeño, con mis datos personales, la fecha de hoy, el lote de vacuna que recibí y el sello de la enfermera que me atendió. Guardo mi DNI junto con mi carné y miro alrededor: hay muchas sillas vacías. Se han ido los amigos bromistas, la rubia y su madre, el chico del frente, y voy quedando solo. Como no siento mareo ni dolores, me levanto, me pongo la polera, tomo mi mochila y salgo de la estación. Pero antes de abandonarla, volteo: nuevas columnas de gente se aproximan.

Salgo al patio exterior al Centro Acuático y me guío de las señales de salida: debo ir a la izquierda, rodeando el Velódromo. Hay paneles donde la gente ha escrito mensajes: cómo se llaman, cómo se sienten, por quiénes se vacunan, por qué es importante vacunarse… Algunos incluso añaden la etiqueta #PongoElHombro, como si fuera posible hacer clic sobre el papel. Debe de ser para, no lo sé, ser parte de algo más grande que uno mismo, estar en contacto con la comunidad de sobrevivientes, recordar a quienes ya no están… Sigo caminando, dejando atrás a gente que voltea, que se pregunta cosas, que se detiene por una foto más frente a los carteles… Me detengo: estoy frente a la Huaca Túpac Amaru A, otra vez, pero desde dentro de la Videna. Tras una maleza muy crecida y un cerco metálico rojo y oxidado, se alzan dos plataformas de barro, compartimentadas por restos de pequeños muros, claramente reconstruidos en tiempos modernos, pues se ven los bordes resanados. No es grande esta huaca, y luce incluso más pequeña frente a los edificios de seis o siente pisos que tiene frente a sí, al otro lado de la Avenida del Aire. Los autos vienen y van, vienen y van, y el ruido de sus motores se disipa con el aire dejando lapsos de silencio que escucho, inmóvil.

Retomo mis pasos, avanzo hacia la puerta de salida, que me parece distinta de aquella por la que ingresé. Me detengo frente al guardia y saco mi celular: el cronómetro marca 2 horas 46 minutos 21 segundos. Lo detengo. Hace frío y debo buscar un taxi.

Lima, sábado 14 de agosto del 2021

Esta mañana hay poca gente en la cola de la Videna: solo estamos los cuarentones y rezagados a quienes nos toca segunda dosis. No hay vacunatón hoy. De hecho, hemos venido porque hemos sido programados aquí en el portal Pongo el Hombro. Sinopharm es la vacuna que el gobierno de Pedro Castillo está trayendo ahora, conque supongo que buscan terminar de usar Pfizer con nosotros, y abocarse a atender con Sinopharm a los jóvenes. Porque hoy nos van a aplicar la segunda dosis con Pfizer, ¿verdad? No es que desconfíe de la vacuna china. Sí creo en el eslogan ese de que la mejor vacuna es aquella que llega al hombro de uno, pero prefiero que la segunda dosis y la primera sean del mismo fabricante. Hasta donde he visto, no hay estudios que prueben la eficacia de la combinación de Pfizer con Sinopharm, y supongo que las vacunas no son como las cervezas, en donde, sin importar qué marcas se haya tomado uno, al final todas hacen su efecto.

—Señor, disculpe —pregunto al controlador que nos recibe en la puerta—, yo vengo por segunda dosis, y mi primera fue con Pfizer. ¿Aquí también recibiré Pfizer?
—Sí, señor, pase no más.

Aliviado, atravieso la puerta de San Luis. Avanzamos rápidamente —ya sabemos el camino, y tengo la sensación de que todos tenemos prisa—, y llegamos a la explanada entre el Velódromo y la cancha deportiva con pista atlética que ya conocemos. Descubro que no he activado el cronómetro, y ya no me importa encenderlo. Entonces todo empieza de nuevo: una señorita con megáfono habla a lo lejos, y felizmente otra se nos acerca para decirnos que tengamos a la mano el DNI y el carné de vacunación. De nuevo veo los baños y luego el quiosco a la derecha, pero no reparo en qué venden o en si hay o no ofertas. De nuevo nos piden avanzar rumbo al Centro Acuático, nos ubican en estaciones numeradas, se llevan nuestros DNI y carnés de vacunación, nos sientan en sillas plásticas, nos dicen algo, no lo sé, y esperamos. Reparo entonces en sonidos en el agua: abajo, en la piscina, unos niños nadan bajo la mirada de un instructor. Son pocos, unos aquí, otros allá; unos, recorriendo alguna distancia; otros, quietos, escuchando a su instructor, que hace gestos con las manos. Recuerdo mis clases de natación de niño, aunque no aprendí a nadar muy bien. ¿Cuántas cosas nunca aprendí a hacer muy bien? Supongo que demasiadas, pero ¿para qué torturarse pensando en ellas? Tampoco es ahora el momento: es hora de mi segunda dosis. No digo nada, nadie pregunta nada. Recibo mi pinchazo, mi DNI y mi carné con el registro de la segunda dosis. Ahora se supone que estoy protegido contra la muerte, y debo irme de aquí.

Recorriendo el mismo camino de salida de antes, me encuentro otra vez ante la Huaca Túpac Amaru A. Hice mi tarea, y averigüé que las construcciones son en general de la cultura Lima, pero que recientemente se halló en la parte B una decena de entierros humanos tanto de la cultura Lima como de la Ichma, varios siglos posterior. Los limas estaban enterrados acostados boca arriba en una camilla, y los ichmas, en posición fetal. Es un caso de reutilización del espacio: los ichmas acudieron a un lugar que considerarían especial, antiguo, sagrado, para enterrar ahí a sus muertos. Se me antoja pensar que también nosotros reutilizamos ahora las instalaciones deportivas de Lima 2019, pero para salvar a los vivos. Pero me inquieta la idea no solo de la muerte y reducción a polvo de los individuos, sino de las generaciones e incluso de sociedades enteras. No queda aquí ningún ichma que nos cuente por qué fueron a enterrar a su gente a las ruinas de los limas, ni por qué lo hacían en posición fetal, ni qué sentían cuando dejaban a sus muertos ahí, solísimos, abandonados a la curiosidad del futuro. Sus huesos quedan como muda evidencia. Si los limeños del siglo XXI salimos vivos de este nuevo rodillo de la muerte, ¿qué haremos? ¿Diremos algo? ¿Alguien escuchará? Dentro de mi carne, los huesos callan.

Lima, domingo 15 de agosto del 2021

Tengo mucho frío. Pensé que se me pasaría, pero no. Ya anoche, antes de dormir, tenía las manos frías y sentía que me temblaban los hombros y el pecho, como me suele pasar cuando tengo fiebre alta. Me puse el termómetro y, en efecto, eran más de treinta y ocho grados. Ya sabía que la vacuna podría tener estos efectos secundarios, y eso me tranquilizó. Me tomé un paracetamol, pero parece que no ha sido suficiente, y esta mañana en que me levanté para ir al baño, sentí de nuevo el mismo frío penetrante y la misma vibración en el pecho. ¿Dónde está el termómetro? No quiero ir por él, conque he vuelto a la cama. Me envuelvo entre las sábanas y bajo el cubrecama de borrega, y me aseguro de quedar como polilla por nacer. Entre el frío de las sábanas, mi corazón late. Pronto, algo sucede: mi calor se multiplica. Es algo lento, pero continuo, y me acompaña. Es algo mutuo: yo sigo vivo y paso a las sábanas mi calor, y ellas lo guardan y lo acumulan para mí. No me quiero levantar, no ahora. Pero sé que lo haré.

Tras la ventana, los pájaros cantan.

Producto

Vacuna contra COVID-19 de Pfizer, dos dosis, 0,3 mililitros cada una.

Puntuación: 5 de 5.

Nota

Imagen de cabecera: Vacunatorio del Centro Acuático de la Videna. Foto de Britanie Arroyo / El Comercio.

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